El evangelio según Matías

Y Dios, cansado de oír a la humanidad quejarse, decidió averiguar por qué no le encontraban sentido a La Obra. Repasó las vidas de los muertos y vio que todo era según Él lo había diseñado. Sin embargo, notó que el hombre no entendía y decidió investigar cómo alumbrar a Su creación. Y vio Dios que Su decisión era buena.
Estuvo presente en misas, entierros, invocaciones, conversaciones y en todo el mundo, en búsqueda de la razón por la cual el hombre no lograba ver el Gran Diseño. No lo podía comprender.
Escuchó la conversación entre un filósofo y un escritor, que decían:
-La vida es cómo una novela mal escrita –dijo el escritor-. La trama es traída por los pelos.
-¿Cómo así? –preguntó el filósofo.
-Nada tiene sentido. No hay razón alguna por la cual sucedan las cosas.
Y Dios entendió cómo lograr que el hombre entendiera al cosmos, y decidió consultar a los grandes maestros de la literatura para así escribir una nueva Biblia. Y vio Dios que Su decisión era buena.
Después de convertir al escritor hereje en una estatua de sal, se reunió con los grandes literatos de toda la historia. Explicó Su propósito e instruyó a los maestros que le explicaran todo acerca de la literatura.
Oyó las teorías, analogías y opiniones de Maupassant, Chejov, Quiroga, Cortázar, Borges, Voltaire, Bierce, Twain, Joyce, Alighieri, Milton, Shakespeare, Cervantes, López, Echavarría, López, Lugo, Aponte y demás. Encontró que todas eran semejantes, pero diversas, ninguna mejor que otra.
Y Dios se dio cuenta que tendría que hallar a un literato aún vivo para lograr La Tarea.
-Buscadme el mejor de los maestros en literatura –dijo. Y así fue.
Coincidieron en el profesor Matías, un hombre que vivía por todo lo escrito y amaba la palabra. No había un humano que entendiera la literatura mejor que él. Y Dios lo visitó y vio que Su decisión era buena.
Para no alarmar al hombre, Dios se presentó en la puerta del profesor con la apariencia de un hombre común. Tocó la puerta, como cualquier hombre y hubo truenos en la universidad ese día.
Matías contestó, aturdido por el estallido que parecía oírse desde su puerta.
-Saludos profesor Juan Emeterio Matías, hijo de Juan y María –dijo Dios-. He venido para aprender todo acerca de la literatura.
-¿Cómo sabe el nombre de mis padres? –dijo Matías, confundido-. ¿Y mi segundo nombre?
-Me han hablado muy bien de usted y he leído toda su obra –contestó Dios, y como era omnisciente, decidió que no había mentido. Y vio que su decisión era buena.
-¿Usted fue el que compró el quinto ejemplar de Teoría avanzada de la Literatura: desde la antigüedad hasta la modernidad? Siempre me pregunté quién sería…
Y Dios omitió decir que la madre de Matías había comprado dos ejemplares de la obra, y cambió el tema.
-¿Me podría enseñar? –dijo Él.
-Mire, ¿por qué no asiste a la clase de mañana y partimos de ahí, eh? –dijo Matías, ansioso por terminar la visita.
-Así será –dijo Dios, y así fue.
Al día siguiente, Él estaba sentado en la primera fila del salón, atento a cada palabra del profesor. Era el único estudiante despierto. Matías comenzó a explicar la historia de la literatura. Después de quince minutos Dios lo interrumpió.
-Matías, hijo de Juan y María, ¿Podrías explicar cómo funciona la literatura? Ya sé todo esto que explicas. No necesito aprender historia.
-Paciencia señor… - pausó-. ¿Por cierto, cuál es su nombre?
-Aguayo. Dios Aguayo –contestó. Y decidió que Él compartía todo los nombres del hombre. Y vio que Su decisión era buena.
-¿Dios? ¡Qué nombre raro! Tendré que renunciar a ser ateo. ¡He conocido a Dios! –dijo y se rió-. Hay que saber el origen de la literatura para comprenderla.
Y Dios decidió no lanzarle centellas, ya que Matías debía servir un propósito mayor. Y vio que Su decisión era buena.
-Conozco muy bien el origen –respondió Él y recitó todo el trayecto de la literatura, desde el comienzo hasta el presente. Veinte minutos después, Matías miró a Dios, atónito.
-Eh… pues… muy bien. No creo que haya podido resumir mejor –dijo el profesor. El resto de la clase había despertado, atentos a las palabras de Dios.
-Ahora; al grano –dijo Dios. Y así fue.
Matías explicó cómo funcionaba el arte del cuento y de la poesía. Cómo las palabras se convierten en imágenes y viceversa. El proceso de codificación del autor y del lector. Y Dios decidió que Matías sabía de lo que hablaba. Y vio que Su decisión era buena pero aun así, no lograba comprender cómo lograr que el hombre entendiera La Obra.
-¿Y cómo hago para que todos entiendan el significado de Mi Obra? –preguntó Dios.
-Mire, traiga su obra para yo leerla. Así la critico y usted podrá ver qué puede mejorar.
-Así será –dijo Dios. Y así fue.
Escribió la vida de Tomás Welsen, un hombre que murió diez segundos antes de la clase Según Él, allí estaba ilustrado, entre angustias y alegrías, el propósito del ser humano ante La Obra. El texto de mil doscientas páginas apareció al instante y fue entregado a las manos de Matías. Sorprendido, el profesor miró al manuscrito que había aparecido de repente en sus manos.
-Sería más fácil leer esto si estuviese impreso a computadora o máquin… -dijo, hojeando el texto. Entonces, pausó de repente al notar que el documento ya no estaba escrito a mano. Se había equivocado, pensó-. Leer esto me tardará al menos tres semanas. Regrese en un mes y le doy mi opinión.
-Hágalo ahora, por favor –ordenó Dios. Y así fue.
Matías leyó sin parar, mientras Dios esperaba sentado en el pupitre. El resto de los alumnos se fueron, notando que las cosas ya no tenían que ver con ellos. Matías comenzó a dormirse varias veces durante la lectura, pero Dios lo despertaba con su voz más autoritaria o con un relámpago. Día y medio después, hambriento, cansado, apestoso y de mal humor, terminó la lectura.
-Está… interesante –dijo Matías, seguido por un bostezo.
-¿Le gustó? –Y Dios comenzó a entender lo que siente todo escritor cuando su obra es leída.
Bajo circunstancias normales, Matías diría algo cortés para no herir los sentimientos del estudiante; pero ninguno lo había mantenido preso por casi dos días para leer un texto tan aburrido, pensó.
-Señor Aguayo, este texto es muy largo. La única razón por la cual lo terminé de leer es porque usted me impidió dejarlo. Es aburrido. Sólo hay dos partes interesantes: cuando el personaje pierde su virginidad (un tema cliché, por cierto) en el zoológico y cuando muere. Aun así, la trama no tiene sentido. Tiene personajes que aparecen en una página, descritos minuciosamente, que jamás se vuelven a ver. No hay unidad en la historia.
Y Dios estuvo sorprendido… y enojado. ¿Quién era este profesor para criticar Su Obra? Entonces, leyó el texto y comprendió que los hombres eran demasiado simples para entender. Ordenó a Matías a editar. Y así fue.
Matías exigió comer y descansar antes de comenzar. Y vio Dios que la decisión era buena. El profesor pensó que no podría dormir en el salón con alguien observándolo (no lo dejaba ir y no tenía intención de irse), pero estaba exhausto. Cuando despertó al otro día, Dios le señaló al manuscrito: debía editarlo.
Tres días después le entregó el texto a Dios. Todas las páginas estaban marcadas en rojo, algunas con una X atravesando la hoja entera para indicar su omisión.
Y Dios leyó todas las sugerencias y realizó todas las ediciones, mientras Matías dormía otra vez. Cinco minutos más tarde lo despertó.
-He hecho como has indicado, Matías, hijo de Juan y María, pero encuentro que La Obra refleja sólo una faceta de la vida de Tomás Welsen, hijo de Peter y Camila.
-¿Y esa faceta refleja la visión que usted quiere que el lector entienda? –preguntó Matías, medio dormido.
Y Dios pausó, considerando la propuesta. Y decidió que sí; el hombre más simple podría entender La Obra. Y vio que su decisión era buena.
-Sepa usted, Matías, hijo de Juan y María, que ha logrado mi propósito. Jamás me he sentido tan orgulloso de mi creación. ¿Cómo un mero hombre puede iluminar a Dios?
-Recuerde, señor Aguayo –respondió Matías, reconsiderando ser ateo-, el hombre es un dios también cuando escribe.
Y Dios vio que la respuesta era buena. Y bendijo a Matías.
En poco tiempo, el segundo libro de Dios fue publicado, sin mucho éxito. Sólo dos ejemplares se habían vendido. Y Dios visitó a Matías nuevamente.
-¿Por qué nadie quiere leer La Obra?– preguntó Dios-. ¿No es el mejor libro jamás escrito?
-Señor Aguayo, esa es la desgracia de ser autor. No siempre se es leído.
Y Dios vio que Matías tenía razón y lo bendijo otra vez por haber comprado los únicos dos ejemplares vendidos.
Y Dios decidió que la humanidad tenía las herramientas para comprender La Obra, que el hombre debía descubrir el significado sin Su intervención. Y decidió jamás escribir otro libro, ya que para vivir de la literatura había que estar loco. Y vio que su decisión era buena.